El proyecto del Taller de escritura

Frente a un diagnóstico poco alentador (los alumnos llegan a la escuela media leyendo y escribiendo con muchísima dificultad, y egresan habiendo saldado relativamente estas carencias) nos propusimos desarrollar un proyecto que imagina un egresado capaz de resolver satisfactoriamente los diversos desafíos que plantean las prácticas sociales de la escritura.

Propusimos así un movimiento constante de ida y vuelta desde la escritura hacia la lectura y viceversa, a partir del cual, con un grado creciente de dificultad, nos acercamos a literatura, género discursivo que privilegiamos, especificidad de nuestra materia.

Las consignas o ejercicios de escritura pusieron en marcha la producción de textos. Tanto durante el proceso como una vez terminado el trabajo de escribir, el grupo de pares funcionó como lector crítico de los textos producidos. El profesor no fue el único receptor de los escritos de sus alumnos y cada autor debió tener presente esa diversidad de lectores en el momento de la producción. Esa modalidad de trabajo permitió efectuar una corrección más efectiva, desde criterios no sólo normativos

A través de esta práctica sostenida los alumnos entendieron la escritura como un proceso y no como un producto. Cobraron conciencia de la especificidad del código escrito respecto del oral y de la necesidad de adquirir saberes imprescindibles para escribir textos con eficacia, capaces de comunicar lo que se quiere decir

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"Los misterios del señor Burdick" por 1º año

Arte y Comunicación martes, 18 de octubre de 2011 , ,
"El misterio del Señor Burdick" por Malena Lamela



         La primera vez que vi los dibujos de este libro fue hace un año, en la casa de un hombre llamado Peter Wenders. Aunque el señor Wednders ahora está jubilado, en otro tiempo trabajó para un editor de libros para niños, seleccionando las historias y las imágenes que luego se convertirían en libros.

         Hace treinta años llegó un señor a la oficina de Peter Wenders y se presentó como Harris Burdick. El señor Burdick le contó que había escrito catorce cuentos y dibujado muchas ilustraciones para cada uno de ellos. Había llevado un solo dibujo de cada cuento para ver si a Wenders le gustaba su trabajo.

         Peter Wenders quedó fascinado con las ilustraciones. Dijo a Burdick que le gustaría leer los cuentos lo antes posible. El artista quedó en llevárselos al día siguiente por la mañana y dejó los catorce dibujos con Wenders. Sin embargo, no regresó al día siguiente ni el día después de ese. Nunca más se volvió a oír de Harris Burdick. A lo largo de los años, Wenders trató de averiguar quién era Burdick y qué le había sucedido.

        Un día se decidió a buscar teorías. Trataba y trataba de investigar pero no encontraba nada que dijera lo que le había ocurrido, ni una sola pista. Estaba intranquilo, no sabía qué le podía haber pasado. Tal vez estaba muerto, o tal vez de viaje, pero esa teoría era muy improbable. De pronto una idea se le cruzó en la mente. ¿Qué tal si los dibujos indicaban algo? Los observó por mucho tiempo pero no se le ocurría con qué podía coincidir. Esas ilustraciones eran maravillosamente extrañas, era muy improbable que significaran algo comparado con la realidad. Tal vez, solo tal vez, ¿la casa podría haber salido volando hacia el espacio como un cohete despega para ir a la Luna? No, pero qué tonterías estaba diciendo, se repetía constantemente. ¿O quizás podrían haber ido a buscarlo a su casa unas hadas o luciérnagas? “¡No, pero cómo le iban a hablar unas criaturas, es ilógico!”, se decía. ¡Cómo podía ser que este hombre no dejara ni una sola huella de por qué desapareció! Seguía y seguía mirando los dibujos pero no encontraba una respuesta razonable. Las únicas teorías, aunque fuesen descabelladas, eran: que se hubiera ido volando con hadas o luciérnagas; que la casa haya despegado como nave espacial; que hubiera sido tragado o atrapado por un libro; que se hubiera metido en una pequeña puerta de la cual no pudo volver a salir; quizás había levantado vuelo su silla ya que era una de las siete sillas voladoras; posiblemente había tratado de aplastar un monstruo debajo de la alfombra y aquella cosa lo mató o simplemente lo transportó a otra dimensión; a lo mejor esa arpa que se tocaba sola de la que hablaba, estaba maldecida y lo había adormecido o asesinado; o simplemente se había ido en un crucero que luego chocó por una fuerza magnética. ¡Pero que tonterías estaba diciendo, no podía creer las locuras que se estaba imaginando!

         Cómo el señor Wenders podía encontrar un rastro que le dijese algo, aunque sea si había esperanza que estuviese vivo. Agarró las ilustraciones y las puso en un portafolio. No podía creer ya nada. Revisó sus papeles una vez más a ver si estaba allí alguna dirección, algo que lo ayudase a reconstruir lo que había pasado. Volteó su escritorio boca abajo y luego la oficina en busca de algún papel. Luego decidió fijarse en su caja de seguridad. Podría ser que allí hubiera guardado la dirección, cosa muy improbable pero siempre por las dudas…

         Una sonrisa se dibujó en la cara de Wenders. Dio un salto de alegría, podría ir a la casa de Burdick a ver si tal vez estaba en su hogar ya que había encontrado la dirección.

         Tomó un taxi y rápidamente se dirigió a ella. Cuando llegó lo único que vio fue un solar vacío. “¿Me habré equivocado de dirección?”-se preguntó. Pero no. Esa era. El terreno parecía infinito, seguía a lo lejos. Tal vez mucho más al fondo estuviera la casa, empezó a caminar adentro. Caminaba y caminaba hasta que vio a lo lejos una casita. Ahí podría estar él. Corrió, y llegó. Era una pequeña casa abandonada medio despintada. Tocó el timbre, pero nadie respondió. No debía estar en casa como era de esperarse. Abrió la puerta que rechinaba y casi se desplomó. La casa estaba con todos los muebles aunque sucia, con polvo y telarañas, se veía que hacía tiempo que nadie estaba allí. La exploró, buscó en la cocina y comedor, pero no encontró nada. Investigó la sala de estar, pero tampoco encontró muestras. Subió por las escaleras y encontró cuadros de cuando al parecer Burdick era niño, hasta que de repente una foto le resultó familiar. Sacó las ilustraciones del portafolio y descubrió que un dibujo era igual al de la fotografía. Una niña y un niño tirando piedras haciendo sapitos. Siguió subiendo y había dos habitaciones. La primera tenía un empapelado como el del dibujo del cuento: una paloma que o se desprendía de la pared o estaba quedándose atrapada en ella. Entró y sólo vio la cama, que debía ser de cuando era niño y un oso de peluche. Dio la vuelta y miró el otro cuarto. Era de una cama matrimonial, debía ser de él y de su esposa, suponía. Sin embargo descubrió algo interesante, había una gorra. Un gorra de marinero allí en la mesita de luz se le hacía conocida. Comparó las ilustraciones con la gorra, a ver si aparecía alguna similitud y aunque no encontró ninguna, él sabía que ya la había visto, estaba seguro de haberla notado en la imagen de aquella familia o amigos en la zorra. Una gigantesca alegría se le expresó en la cara con una sonrisa. Cómo podía ser que, antes de ver la gorra en persona, en el dibujo apareciera.




"La biblioteca del señor Linden" por  Lucero Gamerro 

Él le había advertido sobre el libro. Ahora ya era demasiado tarde



          Julia tenía tan solo ocho años cuando ocurrió lo que ahora voy a contarles. Ella era dulce, frágil y su madre había muerto cuando tenía cuatro, y eso la hacía ser más cerrada con las personas. Lo que a Julia más le gustaba era leer, por lo tanto, siempre iba a la biblioteca del señor Linden, la más cercana a su hogar: una biblioteca antigua con hermosos estantes de roble.

           Pero gracias a un libro pequeño y extraño, todo cambió.

          Ella iba a lo de Linden, como cada día, a elegir una nueva historia para entretenerse por las tardes, ya que no había mucho más para hacer en su casa. Pero esta vez, le llamó la atención un librito que se hallaba bastante escondido en una sección de la biblioteca poco visitada.

        Lo abrió y sintió como si una especie de magia se desplazara por su cuerpo. Una sensación, claramente, que nunca antes había sentido. Entonces, decidió llevarse el libro y averiguar más sobre él. Cuando le avisó al señor Linden qué libro iba a llevarse esta vez, él se sobresaltó. Le dijo que tuviera cuidado porque ese libro podía llegar a ser peligroso para los que no sabían utilizarlo correctamente, pero Julia no le hizo caso y se lo llevó igual.

        Una vez en su casa, se acostó en su cama y comenzó a leerlo. En él se hallaban historias maravillosas sobre los bosques encantados, los duendes, las hadas, los gnomos y millones de cosas fascinantes de la naturaleza mágica. Había imágenes con relieve, que parecían objetos reales que ella estaba tocando.

     Julia leyó y leyó, pasó horas observando la maravilla que se hallaba en sus manos, hasta que en un momento, notó que las hojas tenían un tinte verdoso y un relieve como de nervaduras: en lugar de pasarlas, las estaba apartando y se encontró de golpe en un claro del bosque, al lado de un gran roble rodeado de tilos, sobre un piso sembrado de nueces. Como se veían muy apetitosas, Julia se agachó, agarró una y se la llevó a la boca. En ese momento, una voz suave como el viento entre las ramas dijo:

     - Tené cuidado, porque si probás una de mis nueces mágicas, nunca podrás volver a tu tiempo.

      La chica miró a todos lados para ver quién le había hablado. El aire estaba quieto y nada se movía. Pero entonces, sopló la brisa y volvió a escuchar la voz.

     - Soy yo, pero solo puedo hablar cuando el viento agita mis ramas. Soy un árbol muy antiguo y conozco muchas historias que te pueden interesar; algún día dentro de cientos de años me cortarán y todas estas historias estarán en los libros que hagan conmigo.

      Julia, entusiasmada le dijo:

     - Contame una de tus historias.

      Y el árbol le respondió:

     - Bueno. Había una vez una nena que se aburría mucho en su casa, entonces fue a una biblioteca y encontró un pequeño libro escondido en una sección poco concurrida …

      Julia, muy convencida de que esa historia la representaba, exclamó:

      - Esa es mi historia, estoy segura.

       A lo que el árbol le dijo:

       - Pues claro que sí. ¿De dónde creés que saco todas estas historias maravillosas que conozco? Del libro que agarraste de la biblioteca, ése soy yo en tu tiempo. Ahí están todas mis historias y las de las personas que me leen, como por ejemplo, vos. Ahí están todas las cosas que yo sé.

       - Eso es increíble. –dijo Julia. Estaba maravillada con todo lo que estaba pasando.

      - Ya sé, pero debés volver a tu tiempo. Podrás conocer todas mis historias en el futuro, eso te lo aseguro. Pero tenés que prometer que no le vas a contar esto a nadie, porque si todos supieran como se hacen las historias perdería el sentido la magia. También te aseguro que cuando quieras, vas a poder venir a visitarme.

       Julia no quería volver a su tiempo, pero sabía que debía hacerlo. Debía volver a su casa, con su papá. Debía volver a su barrio, a la biblioteca. Regresaría a ese lugar mágico que tanto le había fascinado, iba a regresar. Así que con mucho cariño se despidió del árbol mágico, porque lo volvería a ver y porque sabía que siempre iba a acompañarla en sus libros. Entonces, lentamente, apartó las hojas verdes y relucientes del árbol, que poco a poco, fueron adquiriendo un tono amarillento, perdiendo las nervaduras y ganando una textura más lisa, como de papel. 

 "Alba y Amparo" por Giuliana Laborato




Sabía que era el momento de devolverlos. Las orugas se deslizaron por su mano al escribir "adiós"



        Yo siempre fui especial de niña, era diferente a todo lo que me rodeaba. Nadie me entendía, pero fui feliz. Lo poco que tuve extrañamente me bastó. Viví la mayor parte de mi vida en las sombras de un orfanato. No tuve amigos… me ignoraban y yo a ellos.

      Soy huérfana de madre y para esos tiempos no conocía a mi padre, quien me había abandonado de pequeña. Ninguna familia jamás me había adoptado, por miedo a lo diferente, me consideraban rara, extraña. Muy a mi pesar debo confesar que es cierto, yo no era normal.

       Ahora por fin comienzo a entender que me sentía fragmentada, como un rompecabezas al que le falta su última pieza, estaba incompleta. Era como si ese latente vacío me arrastrara hacia lo distinto, hacia la necesidad de buscar en otros lugares aquello de lo que yo carecía por dentro.

       Recuerdo que solía internarme en lo más profundo de los montes que rodeaban al orfanato. Aquel lugar era el único sitio donde me sentía protegida, como un niño que busca seguridad entre los brazos de sus padres, de toda la aversión existente en mi vida.

      Las lilas me sonreían las tardes de primavera y los más altos pinos tallaban mi nombre sobre su áspera corteza. El pastizal se abría a mi paso durante el caluroso verano. Las tardes lentas de otoño transcurrían en la compañía de unas hojas de delicadas extremidades y crujientes voces. La brisa me envolvía entre el susurrar de canciones de cuna y me sumergía en un ensueño tranquilizador. Despertándome de una profunda ilusión, la aurora se presentaba desplazando la luz de la luna y el murmurar de la madrugada me animaba, siempre para mi deleite.

      Sin dudas yo pertenecía a ese sitio, el latido de mi corazón, mi sangre se lo decían a mis oídos. Había creado, con el correr del tiempo, mi mundo y aun sabiendo que eran simples plantas las que me rodeaban, sentía que mi presencia creaba, entre toda esa espesa maleza, un aura particular.

     Fue allí donde aprendí el significado del amor, pues de alguna forma lo había hallado. Alba y Amparo supieron completar esos espacios vacíos en mi interior. Recuerdo que me llenaba de un frenesí incontrolable estando con ellas, había encontrado lo más cercano al amor incondicional. Eran unas peculiares orugas. Se acercaron a mí una tarde, como intuyendo mi profunda soledad y desde aquel momento nos volvimos inseparables. Escapaba al bosque siempre que podía, arrastrada por una fuerza interior, deseando verlas, hablarles, que me hablaran. Recuerdo que ellas también salían a mi espera, siempre puntuales.

Me entendían. Me escuchaban. Trazaban reconocibles líneas sobre mi mano, y aunque era consciente de las abismales diferencias que nos separaban (eran una simples orugas y yo un humano), percibía qué era lo que me estaban diciendo.

      El tiempo fue pasando. Con previos avisos, llegó mi adolescencia y el momento de ser libre se estaba acercando. Al cumplir los dieciocho años, me habría marchado de ese orfanato, hacia la vida, hacia un nuevo comienzo y mis ansias por explorar el mundo eran inmensas. Pero también sentía como si estuviera saltando al vacío, hacia lo desconocido, sumergiéndome en otra realidad.

      Fue entonces cuando decidí llevarme a Alba y Amparo al orfanato. Permanecían sobre mi ventana, dentro de un frasco de cristal y ya no volvimos al bosque. Sabía que, en un futuro cercano, las tres nos lanzaríamos a un camino similar, pero esta vez por separado. Anhelaba en lo más profundo, donde permanecían los últimos restos de una infancia ya perdida, que en nuestro camino hacia la libertad los destinos se cruzasen otra vez. Pero esa vaga ilusión era simplemente falsa, ya que los milagros no existen.

       Nuestro gran día llegó. Las orugas iban a renacer y yo finalmente viviría. Corrí al bosque como lo hacía de pequeña, sumergiéndome, por última vez, en ese estado en el cual mi imaginación no tenía fronteras, donde la irrealidad formaba parte del entorno, donde todo se volvía auténtico a mis sentidos. Con Alba y Amparo sobre mi mano, me trasladé rápidamente hacia el sitio donde las había hallado por primera vez. Todo era tan conocido, como si nunca hubiera pasado el tiempo y el bosque hubiese permanecido intacto, esperando mi regreso. Sabía que era el momento de devolverlas. Las orugas se deslizaron suevemente por mi mano al escribir adiós. Se cerraron lentamente, convirtiendose en capullos. La muerte de una pequeña niña se reflejaba en esa metamorfosis, era como si todo cambiase en un abrir y cerrar de ojos.

       Poco después, las orugas desaparecieron. Se habían convertido en mariposas y habían sido libres. Lo poco que tiempo atrás me había aferrado a esa especial etapa de mi vida, se había marchado, y con ello, nuestras fantasías. El bosque solo se movía con el viento.

"El arpa" por Iván Ielczuk
Así que era verdad, pensó, era realmente cierto

9 de Septiembre de 2010

Estoy sentado en esta sala de hospital, no puedo dejar de pensar en mi padre, en su vida. A esta hora de la madrugada este lugar se ve más tétrico aún. Estoy cansado, llevo meses viendo cómo esta terrible enfermedad consume a mi padre. El médico me avisó que se acercaba el final, ojalá pueda despedirme.


10 de septiembre de 2010

Creo que este diálogo fue nuestro último diálogo. Lo transcribo para no olvidarlo:

-Hola papá, ¿cómo estás? Iba a venir a la mañana, pero el médico me llamó para que viniera antes. Me dijo que querías hablarme ahora con urgencia, acá estoy, papá. Te escucho- dije.

- Gracias, hijo, por haber venido a esta hora. Quiero contarte algo muy importante, estoy en el final. Escuchame atentamente, lo que te voy a decir es lo más importante que te puedo dejar como padre, es parte de nuestra historia familiar, de mi padre, mía y ahora tuya. Esto te cambiará la vida para siempre, ojalá sea para bien- dijo mi papá.


11 de septiembre de 2010

Todavía no me recupero, mi padre acaba de morir en mis brazos, y no puedo creer lo que me contó. Esto parece un sueño, una pesadilla, quizás las drogas para el dolor lo hicieron desvariar y la fábula del arpa, la que me contaba cuando era niño, en su alucinación pasó a ser real. ¿Cómo puede ser cierta?

Recuerdo y me veo ahí sentado sobre el baúl antiguo de su local. Yo tendría unos ocho años, esos momentos eran maravillosos para mí, había cierta intimidad entre nosotros dos y me fascinaba escuchar a mi padre contar historias de mi abuelo, de cómo él había empezado con el negocio de las antigüedades, de las misteriosas historias que encerraban esos objetos, de cómo él siguió con el negocio familiar, cosa que yo no hice. Ahora siento un poco de culpa, mi vocación, mi pasión por la química, me alejó tanto de esos momentos mágicos de mi niñez, donde todo podía ser real….

15 de Septiembre de 2011

Estoy yendo a Bariloche por trabajo, un congreso más, de esos súper aburridos. Este viaje me hizo recordar a mi padre, ya pasó un año de su muerte, ¿y si fuera verdad lo que me dijo? La cascada escondida queda muy cerca del hotel donde voy a parar, ya la ubiqué en un mapa: con una caminata por el bosque, de unas cuatro horas, creo que la puedo encontrar. Sí, lo voy a hacer, así me quedo tranquilo y confirmo que mi pobre padre alucinaba al momento de su muerte.

La historia del arpa encantada. ¿Cómo podría ser real? Es una locura siquiera pensarlo. Mi abuelo había comprado el arpa a un vendedor ambulante egipcio, él le habría contado de sus poderes para cumplir deseos, con el solo hecho de hacer sonar suavemente sus cuerdas. Según mi padre esto fue real y trajo un revuelo a la familia al comprobar sus poderes. Pero lejos de alcanzar la felicidad, la codicia se apoderó de mi tío, ese que nunca conocí, más que en las fotos, y la desgracia cayó sobre la familia. Mi abuelo, después de ver cómo su familia se destruyó por los poderes de este mágico instrumento, decidió esconderlo y pidió un deseo que protegería a las personas de su poder, sería invisible a cualquier persona ajena a la familia. Mi padre solo mencionó el lugar donde está escondida el arpa, mencionó que solo yo podría verla, esas fueron sus últimas palabras antes de morir.

16 de Septiembre de 2011

Acabo de llegar al hotel. Estoy molido, el viaje en micro fue de terror, voy a tener que tratar mi fobia a volar en avión. Pienso darme un baño, comer algo liviano y mañana temprano partir hacia la cascada escondida. Tengo dos días libres antes de que empiece el congreso, espero resolver este misterio.

17 de Septiembre de 2011

Son las 7 de la mañana ya desayuné y estoy listo para las cuatro horas de caminata hacia la cascada. Escribiré cada hora para no olvidar los detalles de este viaje.

8 de la mañana

En este momento debo dejar la ruta y tomar el sendero que aparece a la derecha, entrar a la montaña y empezar a bajar. No puedo dejar de pensar en todo lo que mi padre me dijo. Soy el único que queda de mi familia, el único que puede ver el arpa. Por momentos, pienso que todo esto es una locura, pero en el fondo siento que tengo que seguir.

9 de la mañana

El camino se angosta y sigo bajando, por suerte traje agua. Todavía falta, el paisaje es hermoso, los árboles son tan altos que las copas se juntan y los rayos del sol pasan entre las hojas de una manera única. Solo se escuchan los pájaros y el crujido de las hojas bajo mis pies. El sur en primavera es maravilloso.


10 de la mañana

Solo falta una hora para llegar, ya no hay camino. Sigo por lo que parece haber sido un sendero, porque hay menos vegetación. Empezaron a aparecer rocas y ya no bajo, estoy en un llano. Empiezo a sentir ansiedad.

11 de la mañana

Escucho ruido de agua, y frente a mí aparecen grandes rocas planas que forman el piso, como una escalera gigante. Hay poca hierba, los árboles están a los costados. Bajo y de pronto veo la cascada, el agua baja suave, el sol entra por completo e inunda de luz el lugar; se respira magia…

Ahora, de repente, en este segundo, siento que el tiempo se paró, no escucho el agua, estoy paralizado, no puedo mover un solo músculo de mi cuerpo, no puedo dejar de mirarla. Así que es verdad, es realmente cierto. Sobre una roca, a orillas del agua, como parte del paisaje, está el arpa, frente a mis ojos. Estoy solo, mi corazón late a gran velocidad, tengo miedo y fascinación, no sé si estoy alucinando o si todo esto es real.

Logro moverme, al fin respiro profundo, me siento en la roca, un poco más calmado, decidido a pensar lo que voy a hacer…

Gladys, como todas las primaveras, fue a la cascada a buscar esas flores tan especiales que solo crecían allí entre las rocas, en esa época del año y que le daban a sus comidas ese sabor tan particular que todos elogiaban en su restaurante. Fue ahí donde encontró el diario, lo leyó hasta el final, la última anotación era del 17 de septiembre del 2011, exactamente cuatro días atrás. Lo cerró, miró todo a su alrededor con mucha atención, pero no encontró nada extraño.


 "Extravío en Venecia" por Joaquín Schmilovich




Aun con sus potentes motores en reversa, el trasatlántico fue arrastrado más y más en el canal.





     Estaban ya finalizando mis vacaciones de verano en Europa, y a mi madre se le ocurrió hacer un viaje de tres días en un crucero por el norte de Italia.

    Al llegar al puerto de Bari, en la costa este, nos encontramos con la sorpresa de que el barco era un enorme y lujoso transatlántico.

     El primer día fue espectacular porque descubrimos que ese transatlántico parecía una ciudad sobre el mar. Tenía tres piletas de natación, cancha de básquet, dos enormes restaurantes, negocios y hasta un boliche para bailar.

     Cuando el reloj marcó exactamente las 20:00, una sirena indicó la hora de la cena. Comí y comí hasta que mi estómago dijo “basta”. Me costaba caminar de tan pesado que estaba. Decidí salir a la superficie a tomar un poco de aire y al ver una reposera desocupada, me senté y luego la recliné, pensando que eso mejoraría mi digestión, aun cuando el movimiento de las olas me mareaba un poco.

     A lo lejos se podían ver unas luces, supuse que era Venecia porque hacía allí nos dirigíamos. De pronto una terrible tormenta comenzó a mover el barco. El capitán dio la alerta de que un increíble remolino nos chupaba hacia la ciudad. Lo único que se oían eran sirenas y gritos de desesperación.

    De repente, un tremendo viento huracanado atravesó el barco y levantó a la gente por los aires. El trasatlántico tomó velocidad y se tornó incontrolable.

    Vi a la ciudad muy cerca. El capitán trababa de controlar el barco, pero no lo lograba. El final era inevitable. Aun con sus potentes motores en reversa, el trasatlántico era arrastrado más y más en el canal.

      Faltaban muy pocos metros para el terrible desenlace. El barco chocaría contra las edificaciones.

    Noté que mi corazón se aceleraba demasiado. Faltaban pocos segundos para sentirme morir y fue entonces cuando grité desesperadamente llamando a mis padres. Pegué un enorme salto y caí al suelo. Ahí, desde el suelo, noté la reposera vacía y todo en absoluta calma…. Parecía que la tormenta había cesado o el capitán había logrado dominar el barco. Igualmente, decidí comer bastante menos lo que restaba del viaje.

"Un extraño día de julio" por Camila Niedreé 

Lanzó con todas sus fuerzas, pero la tercera piedra rebotó de regreso.



       Hugo no tenía muchos amigos pero le encantaba jugar, sobre todo cerca del lago, tirando piedras al agua. Le fascinaba cómo rebotaban hacia adelante, como si fueran ranitas, pero más todavía, le encantaban las formas que se hacían en el agua con cada rebote. Todos en el pueblo creían que era raro porque no tenía amigos y no tenía amigos porque todos creían esto; de alguna manera, su único amigo era el agua.

        Un día mientras tiraba piedras al lago muy entretenido, apareció una niña. Hugo no notó su presencia hasta que ella habló:

         - ¿Cómo hacés para que las piedras reboten dando saltos para adelante?

          Al principio Hugo pareció asustarse, pero luego se tranquilizó y le respondió:

         - Ponés el brazo así y la tirás. No es difícil, probá.

         - Me llamo Agustina.

          - Yo soy Hugo.

        Al principio él no se daba cuenta por qué, pero algo en esa chica le parecía familiar, como si la conociera de toda la vida. Hasta que un día logró descifrar qué era: Agustina era escurridiza, tenía una piel realmente blanca, casi transparente, era cambiante, un minuto estaba tranquila como agua de estanque y al otro se tornaba enérgica y, por sobre todas las cosas, era completamente incontrolable, no había modo de hacer que ella le hiciera caso.

        Con el tiempo se empezaron a hacer muy amigos y Hugo todas las noches agradecía tener una amiga tan especial como Agustina, que fuera capaz de entenderlo, incluso mejor de lo que él se entendía a sí mismo. Pero lo que más agradecía era que jamás lo volverían a ver solo: por fin tenía alguien con quien estar.

       Un día, Hugo tuvo una pelea con Agustina. Ninguno de los dos entendió muy bien por qué se había generado la discusión, lo único que sabían era que no sería fácil perdonarse el uno al otro después de lo que Hugo había dicho: “Ojalá desaparezcas y no vuelvas más”. Ambos sabían que no lo había dicho en serio, pero aun así, él había sido muy grosero.

       Pasaron días y ninguno de los dos iba al lago. Un día, un hermoso día de julio, Hugo decidió ir a buscar a Agustina para disculparse con ella. No la encontró por ningún lado, se empezó a preocupar, la buscó durante días y no pudo encontrarla. Decidió ir al lago y quedarse allí; tal vez algún día aparecería para volver a tirar piedras. Ellos habían hecho una promesa: cuando uno de los dos estaba en el lago y faltaba el otro, el que estaba presente debería tirar dos piedras, una por Agustina y otra por Hugo. Él recordó esto, las tiró y regresó a su casa, pues ya era muy tarde.

      Al otro día volvió al lago y repitió lo que había hecho el día anterior. Así lo hizo día tras día, durante semanas, hasta que decidió que ella no volvería. Entonces lo hizo: rompió su promesa y lanzó tres piedras con todas sus fuerzas, pero la tercera rebotó de regreso. Y así comprendió en dónde había estado Agustina desde que la conoció y en dónde se encontraba en ese momento.

           

 "La habitación del tercer piso" por Camila Benedetti




Todo comenzó cuando alguien dejó la ventana abierta.


         Recuerdo muchas cosas que me dieron miedo como películas o imágenes, pero nunca olvidé la casa en la que viví cuando tuve diez años y solo era un niño curioso, un poco solo, y con los mejores amigos imaginarios que, creo, ningún chico haya tenido hasta los dieciocho. Siempre me han tenido como especial, pero este relato es real.

       El momento en que nos mudamos fue una mañana de verano del 1996. Ese día hacía mucho calor. El viaje fue agotador, no creí que tardaría tanto en viajar de Caballito a Vicente López. En cuanto desperté, vi una vivienda tras otra. Paramos frente a mi futura casa. En la puerta había un hombre, mirando nuestro auto. Mi papá y mi mamá lo saludaron y luego me miró y prosiguió. El hombre gritó:

      -Bienvenidos a Big house.

      La casa era grande, blanca y muy linda. En cuanto entré, quedé impactado, sin palabras. Las habitaciones eran espaciosas, con varios muebles pero aún se escuchaba el eco. La cocina era moderna, lujosa, como si fuera de revista. El jardín era enorme, con una pileta, y estaban allí algunos de mis juguetes. Pero lo que más me impresionó de mi casa fue el tercer piso, que nos dijeron que estaba asegurado con llaves. Después de jugar un rato en mi jardín, entré para despedirme y agradecer a la persona que nos vendió la casa, de la cual no sabía el nombre. Noté que le daba a mi mamá unas llaves con un llavero en forma de paloma. Le dijo:

     -Estas llaves son muy importantes. Nadie debe entrar a esta habitación, esta es la llave- se la dio con temblor.

      Mi madre no respondió. Vi que subió las escaleras y la seguí, las dejó sobre una mesita y se fue.

      Un día mi familia se fue a comprar como todos los fines de semana al mercado que había en la esquina de mi casa. En cuanto escuché que la puerta se cerró corrí a la habitación, agarré las llaves y abrí. Cuando entré solo vi una habitación común, salvo por el empapelado que tenía muchas palomas y en el medio, un espacio en blanco. La verdad no me llamó la atención. Desde ese día me prometí que todos los sábados, cuando mi familia se fuera a comprar, yo entraría a esa habitación, para convertirla en un lugar de juegos al que solo yo y algún amigo imaginario pudiéramos entrar.

     Todos los sábados entraba por una hora dentro de la habitación, mientras que mi familia compraba en el almacén de la esquina, y calculaba pisos y paredes y pensaba en poner un empapelado nuevo en vez de ese de palomas que tenía un espacio en blanco. Un día hacia mucho calor y abrí la ventana. Cuando me volví note que había otro espacio en blanco arriba a la derecha. Me quedé una hora mirando hasta que se despegó una de las palomas que había a la izquierda y que se iba por la ventana. Enseguida cerré la ventana y corrí. Cerré la puerta y oí a mi familia. Cuando entraron, llamé a mi hermana para que viniera y la llevé al tercer piso. Ella me paró y me dijo:

     -Aquí mamá dijo que no podíamos entrar.

     A mí no me importó. Abrí la puerta y abrí la ventana. No pasó nada por tres minutos. Mi hermana llamó a mi madre y ella me castigó. Le dije mil veces que las palomas del empapelado salían por la ventana. Nadie me creyó. No volví a entrar nunca más, y después nos mudamos.

    Pasados varios años me fui a vivir solo y no volví a ver a mi familia.

    Pero aun me quedó la duda de qué fue lo que pasó en esa habitación del tercer piso cuando dejé abierta la ventana.

   Encontré al hombre que nos había vendido aquella casa y varias veces lo invité a mi departamento. Él aceptaba pero solo ayer logré que viniera. De todos modos, no me pudo explicar nada de la habitación del tercer piso.

   Cuando se fue, entré a mi pieza y vi un empapelado que no recordaba haber pegado. Uno con palomas blancas.

"Otro lugar, otro tiempo" por Martín Goldfeder



Si había una respuesta, él la encontraría allí.




       No sé por qué él me eligió, yo era como cualquier chico. Tenía una casa, unos amigos, y así podría seguir diciendo qué tan normal era. Pero eso no justifica nada de lo que voy a contarles…

      Hace tiempo yo era un niño. No sé exactamente hace cuántos años fue eso pero, en fin, era un día cualquiera y yo como era tan vago no me quería levantar.

     Mi mamá estaba abajo preparando el desayuno, yo bajaba lentamente por las escaleras cuando se escuchó un estruendo que venía de la puerta. En ese momento, no sabía qué hacer; estaba tan asustado que solo pensé en ir a mi cama y taparme con todas las sábanas.

      Cuando bajé, vi a un hombre y a mi mamá que estaba llorando. Al poco tiempo, me dijeron que mi padre había desaparecido.

      Mi madre no sabía qué hacer. Sin mi padre yo estaba devastado, pensé que nunca volvería a sonreír. Los días ya no eran como los anteriores; cada noche rogaba que mi padre regresara a casa pero eso nunca pasó. Al correr los años, aprendí que nunca podría llenar el vacío que él nos había dejado a mi mamá y a mí.

     Luego de un tiempo, dejé de creer que él vendría. Me di cuenta de eso a muy temprana edad, más o menos a los 14. A los 18 años, un día me escapé. De alguna forma terminé en la oficina de papá. Pensé que ya habían desmantelado ese lugar viejo hacía unos cuantos años.

     Empecé a revisar todo el estudio, pensando que allí encontraría lo que había estado buscando todos estos años, el porqué y el cómo lo había hecho. Busqué y busqué pero nada; luego, me desalenté y perdí el conocimiento.

      Desperté en un lugar que parecía un bosque en las afueras de la ciudad y lo raro era que no se veían edificios. Caminé hasta que encontré un castillo al otro lado de una laguna. Había como unos rieles que iban de una punta del lago al otro y al parecer había unos niños en un tipo de barco sobre él. Como no había nada a donde ir y los chicos desaparecieron yo solo seguí los rieles.

      Caminé y caminé hasta que atravesé la laguna y llegué a las puertas del castillo.

       No había nadie, excepto una sombra misteriosa de un hombre parado en la terraza de una de las torres.

      Las puertas se abrieron y yo sin saber qué iba a pasar seguí por un pasillo hasta un trono muy raro. Alguien bajaba por las escaleras. Nunca pensé que aquella sombra y figura era la de mi padre.

       No lo podía creer, yo solo me senté a llorar tratando de agarrarlo, pero algo me pegó en la cabeza. Logré agarrarme de su túnica pero en ese momento me desmayé.

     Desperté de vuelta en su estudio pensando que estaba en otro tiempo, otro lugar. En mi mano había un pedazo de tela. En ese momento no sabía si lo que estuvo pasando en ese castillo era real o no.

       Luego de esa experiencia me decidí a ir a buscar a mi papá y traerlo a este tiempo.

      Después de días de planearlo, salí de mi casa para volver al estudio. Luego me relajé y poco a poco me dormí. Después de un rato abrí los ojos y aparecí en el mismo bosque, justo en el mismo lugar.

       Fue difícil poder retomar el mismo camino hacia esos mismos rieles extraños en el medio del laguna, pero al final los encontré. Todo era igual que la última vez, los niños estaban sentados en esa especie de barco. Lo raro fue que esta vez ellos me esperaron y es más, hasta me dejaron subir sin preguntar de dónde venía.

     Ya habíamos llegado al otro lado. Me bajé de esa cosa (no sabía si era un barco o un tren) y seguí caminando. Luego de eso volví a esa misma puerta que al parecer ya estaba abierta y detrás de ella vi a mi padre y a un chico arrodillado, llorando enfrente a él.

     Luego vi a unos guardias a su espalda y lo único que pude hacer fue tirarle una piedra en la cabeza. El chico se desmayó y en un destello desapareció.

      Fui corriendo hacia mi padre, al parecer los guardias me golpearon y desperté en un calabozo. Me puse a pensar si el hombre que estaba allí era mi padre, si es que en serio podría traerlo de vuelta. Por suerte los guardias no eran muy inteligentes y no cerraron la puerta del calabozo con llave.

      No me iba a rendir, iba a seguir tratando y tratando de llevarlo a casa. Se puede decir que fracasé.

      Después volví “a mi tiempo”, esta vez iba a ser diferente, cuando volviera al castillo lo llevaría costara lo que costara.

     Me levanté temprano, corrí hasta el estudio, volví a descansar. Volví a aparecer en el bosque, fui por el mismo recorrido hasta llegar a las puertas, otra vez el maldito chico llorando, pero esta vez vi que alguien ligeramente parecido a mí le lanzaba una piedra. Me tiré encima de ese chico y hablamos hasta que nos convencimos de que no era un truco y de que los dos -o yo y yo- estábamos en el mismo lugar. Me puse a pensar:

      -Será que cuando vuelvo a aparecer en este lugar cada vez estoy más y más lejos de mi padre.

      Luego de eso yo y yo fuimos a hablar con mi (o nuestro) padre. Esta vez sí pudimos hablar con él porque éramos dos, los guardias también y ellos no nos podían agarrar. Resulta que él era un rey en ese lugar.

     Entendí que no podría traerlo de vuelta, al poco tiempo de estar allí me di cuenta de que no podría llevármelo a casa.

      Luego mi otro yo desapareció (no sé cómo ni por qué):

     -Será que todos me están dejando solo.

     Después de eso yo desperté en el estudio, y por alguna razón ya no pude volver a ese lugar tan raro. Al pasar de los años me hice viejo y para que esta historia no se desvaneciera junto conmigo, se la estoy contando a ustedes.



"Un extraño día de julio" por Sofía Serra

Lanzó con todas sus fuerzas, pero la tercera piedra rebotó de regreso.


        Ya se había acostumbrado a la desatención de su padre. Había sido siempre igual desde que su mamá los abandonó. Quería escapar, lo sabía, pero era demasiado joven y era mejor quedarse en casa. La casa que tenían, en un pequeño campo de Texas, no era muy divertida para un niño de diez años, en realidad, era el lugar más aburrido que alguien pudiera pisar en la tierra. ¿Por qué? Era grande, muy grande pero estaba repleta de papeles y teléfonos que no dejaban de sonar. Su padre la solía llamar oficina, para él era lo más cercano que tenía a un hogar. Su padre era director de  una gran empresa de cosméticos y quería llegar a ser el dueño, por eso trabajaba tanto. Supuestamente lo iban a ascender hacía ya más de un año, pero no lo hicieron. 

        Sucedió una tarde. Él estaba aburrido y le pidió a su padre si lo dejaba salir a jugar a un río cercano al que solía ir con su madre cuando aún estaba con ellos. No lo dudó mucho, para él era mejor tenerlo alejado a que estuviera  diciéndole que quería jugar a los autos.

Salió por un caminito que llevaba directamente a ese pequeño bosque que recordaba porque por ahí había corrido con su mamá. Habían pasado ya dos años desde que los abandonó y todavía no podía aceptarlo. No es que no quisiera a su padre o que su padre no lo quisiera a él, sino que estaba bastante ocupado. Cuando llegó, pudo ver como habían crecido los árboles que no veía desde hacía tiempo.  Era un hermoso lugar, lleno de arbustos y plantas, de flores coloridas y de aves que cantaban. Y ahí estaba. El río que a él le encantaba, era completamente transparente y tranquilo, se podía ver el sol reflejado en él, destellos de luz, era simplemente mágico. En verano solía meterse en el agua y jugar a que era un nadador profesional o un héroe que podía vivir debajo del agua para pelear con villanos y combatir contra el mal. Su mamá siempre se reía cuando lo oía hablar solo y sonreír…sonreír…ya ni se acordaba como se hacía. Eran lejanos esos tiempos en los que su madre le decía que lo quería, cuando una familia unida se sentaba a comer y a charlar, donde la felicidad parecía no querer desaparecer. Era extraño saber como el amor se desvanecía en un instante, de una mañana a otra y saber que ya nada sería igual.

          Hacía calor, pero no tenía malla, por lo que se quedó sentado en una roca mirando el paisaje

-Dicen que este lago está encantado – dijo una voz a sus espaldas. Se dio vuelta – Hola, soy Alice – dijo una chica bajita y rubia extendiéndole una mano.

         Sí, la había visto, en el pueblo se murmuraba que ella y su familia eran algo raras, su padre no lo dejaba juntarse con esa clase de gente.

-Yo soy James – dijo dudoso estrechando su mano. - ¿Qué decías sobre este lago? – preguntó curioso.

          Ella sonrió.

-Se cuenta que hace mucho tiempo aquí había un reino y vivía una princesa que estaba enamorada de un campesino. Dicen que el padre de la princesa la obligó a casarse con un príncipe y que ella se negó y que por eso la ahogó en este lago, pero que ella sigue viva ayudando a las personas que deseen algo tanto como ella deseó su libertad de elegir.

         La miró extrañado. Era obvio que eso era solo una leyenda, una historia que inventa la gente cuando está aburrida.

-¿Creés en esas cosas? – le preguntó y ella asintió con la cabeza. La miró incrédulo – no deberías – dijo – esas cosas son mentiras.

          Ella lo miró ofendida, pero no dijo nada.

-Dicen que la princesa mira en tu corazón – dijo finalmente. – Tomás una piedra, la lanzás al lago y si ella piensa que te lo merecés  te devuelve la piedra para que pidas un deseo.

-¿Así de simple? – preguntó. Ahora entendía porque su padre nunca lo dejó juntarse con esa gente, esa chica estaba realmente chiflada.

-Si, así de simple – contestó, – deberías intentarlo – dijo y se paró para irse.

-¿Vos lo intentaste? – le preguntó antes de que se fuera.

          Se dio vuelta.

-No lo necesito –contestó simplemente y partió.

Un deseo – pensó – simplemente imposible.

         Se quedó un rato ahí, mirando el lago. Estaba aburrido. Otra vez volvían escenas de las muchas cosas que había hecho con su madre, todavía no podía creer que los hubiera abandonado. Siempre había tenido la esperanza de despertar y descubrir que todo había sido un mal sueño, una pesadilla, pero era verdad y no podía hacer nada al respecto.

         Miró a su alrededor, no había nadie.   “Tomás una piedra, la lanzás al lago y si ella piensa que te lo merecés  te devuelve la piedra para que pidas tu deseo -¿Así de simple? – Si, así de simple.”  

Esas palabras resonaban en su cabeza.  Volvió a mirar a su alrededor. Solo se sentía el viento que movía las hojas de los árboles. No perdía nada intentando. Se paró, buscó una piedra y la tiró al lago. Nada. Resopló. Buscó otra piedra y la tiró de vuelta. Nada. No podía creer que lo estuviera intentado, era obvio que solo era una fábula, una leyenda de tantas que se cuentan. Miró el lago, tenía un par de olas. La tercera es la vencida – se dijo a si mismo para convencerse. Lanzó con todas sus fuerzas pero la tercera piedra rebotó de regreso. No podía creerlo, seguro fueron las olas o rebotó con algo, pensó, pero no perdía nada intentado…tomó la piedra con fuerza entre sus dedos y dijo en voz alta “quiero que todo sea como antes”.

       Volvió a mirar a su alrededor. No había nadie. Se sentía un idiota ¿Qué esperaba? ¿Qué la mamá apareciese de la nada y lo saludara? No, eso nunca pasaría. Tiró la piedra al agua de nuevo y, abatido, se fue del bosque por el caminito por donde había ido. Se sentía frustrado, engañado, todo era simplemente imposible.

        Llegó a su casa y por la ventana vio cómo su padre se abrazaba con una mujer, se limpió los ojos, ajustó la mirada… se acercó corriendo hacia su casa… y esa sonrisa que hacia tiempo no se dibujada  en su cara volvió a su rostro… los ojos se le llenaron de lágrimas, pero de alegría… en la ventana las dos personas se dieron vuelta, estaban felices… hasta papá reía…

"Huéspedes sin habitación" por Valeria Pierro

Su corazón latía desbocado. Estaba seguro de que había visto girar el tirador de la puerta.



   
       El Sr. Brooks era un hombre viejo, tímido, solitario y triste. Según los vecinos él era un hombre antisocial, no saludaba, no salía de su casa excepto por cosas muy necesarias. Cuando veía a algún vecino en la vereda cruzaba, también decían que era medio maniático y desde que había fallecido su esposa estaba medio trastornado, según algunas personas cercanas.
Una tarde lluviosa en California, el señor Brooks estaba haciendo una limpieza general en toda su casa. Estaba acomodando todo en su lugar, y revisando cosas antiguas.
         La parte más difícil que le había tocado acomodar era el sótano. Un lugar al que hacía mucho tiempo que nadie bajaba ni limpiaba. Había muchas cosas viejas y muchos recuerdos también, para poder ver mejor decidió abrir la ventana. De repente un rayo de luz alumbró una pequeña puerta de madera. Tenía un antiguo girador, la madera gastada y estaba situada en un oscuro  rincón de la pared.
        Bajó cuidadosamente las escaleras, intentando no hacer demasiado ruido. Lentamente giró el picaporte, abrió la pequeña puerta y  vio una callecita con un cartel de Bienvenida. Este lugar mínimo estaba lleno de pequeñas personitas, de muy poca estatura y muy flaquitas. La gente festejaba alegremente la llegada del Sr. Brooks, porque hacía mucho que no veían a alguien nuevo pasar por esa puerta y estaban muy entusiasmados.
El Sr. Brooks preguntó en voz alta quiénes eran y qué hacían en su sótano, le contestaron que eran los Kibus, una sociedad que vivía allí desde que se había hecho la casa y habían visto pasar a todos los habitantes de esa vieja vivienda.
        A él le interesó tanto la historia que los invitó a seguir contándole la larga leyenda. Pasaron horas narrándole sobre todo lo que habían pasado y todos los habitantes que habían habitado la vieja casa.
Después de dos horas el Sr. Brooks se decidió a abandonar el sótano y saludó a todos los Kibus.
Al día siguiente se despertó entusiasmado, hizo todo lo mas rápido que pudo.
       Corrió por las escaleras hasta llegar a la puerta del sótano. La abrió, bajó lentamente y sigilosamente abrió la pequeña puerta. Cuando la abrió su cara fue de decepción absoluta, no había nada, solo una habitación mínima. Trato abriendo y cerrando un par de veces pero nada, siempre lo mismo. Subió desilusionado las oscuras escaleras, estuvo todo el día pensando que había pasado con los Kibus y que estaba pasando con él, si había soñado todo o si aquella extraña situación había ocurrido de verdad.
Para que las ideas se le aclarasen decidió irse a dormir, estaba tan frustrado que no le costó mucho dormirse.
          Despertó sin ánimo para nada, ni siquiera para comer y fue directamente a la puerta del sótano. Al estar parado ahí comenzó a pensar si se iba a arriesgar una vez más a la decepción o si iba a poder terminar con la misteriosa interrogación de si existían o no existían los Kibus. Di un paso al frente y empezó a bajar muy lento y con un poco de miedo. Se sentó al lado de la pequeña puerta de madera y agarró el picaporte temblando. Sintió un escalofrió que pasaba por todo su cuerpo, y sin dudar dos veces de un tirón abrió la pequeña puerta. Esta vez su cara no fue de decepción si no de sorpresa, porque esta vez no solo había visto la habitación si no que en el centro de ella se encontraba una pequeñísima zapatilla color verde. La tomó, la miró atentamente y de un segundo a otro empezó a reír.
  


“El Arpa” por Sofía Pingitore



Así que era verdad, pensó, era realmente cierto.



        Hoy estoy muy emocionado porque es el cumpleaños de mi nieto, Billie. Lo recibí en casa con un fuerte abrazo deseándole feliz cumpleaños. El niño curioso me dijo:

        - Así que es verdad, realmente es cierto.

        Se asomó por encima de mi hombro para mirar el retrato de su madre. Al ver la tristeza que reflejaba su rostro se me ocurrió contarle lo que realmente había ocurrido. Le pedí a Billie que se sentara en el piso y que escuchara con mucha atención, entonces comencé el relato:


        “Era otoño, tu abuela y yo estábamos atravesando por una crisis económica, al borde de la desesperación. Entonces se nos ocurrió que podríamos casar a nuestra Emilie (tu madre), una joven, hermosa y muy talentosa tocando el arpa, con Víctor, tu padre. Él provenía de una familia muy adinerada, era un muchacho habilidoso y muy buen mozo.

         Al llegar la primavera obligamos a Emilie a casarse con Víctor, y lo hizo. A medida que transcurrían los días y se iban conociendo el uno al otro, descubrieron que tenían mucho en común y que disfrutaban de los momentos que pasaban juntos. Así fue que, al cabo de un tiempo, se habían enamorado profundamente. Fruto de ese amor apasionado naciste vos. Todavía recuerdo la cara de felicidad de tu madre, fue uno de los momentos más emotivos para todos nosotros.

         Al cumplirse el primer aniversario de casados, ellos quisieron celebrar su amor y se fueron solos de viaje a una selva tropical.

         Al llegar al hotel, Víctor estaba muy hambriento y decidió ir al restaurant mientras que Emilie subió a la habitación. Cuando él terminó de cenar, subió al cuarto y al llegar a la puerta, escuchó a Emilie hablando por teléfono con una amiga, contándole que se había casado con él no por amor sino por interés Luego, Víctor se alejó por el pasillo de las habitaciones, recorrió el hotel hasta que encontró un anuncio que decía que había una excursión a la selva tropical. Y empezó a pensar su terrible venganza.

         Le propuso a Emilie hacer una excursión en la selva. Emprendieron la caminata, ella iba adelante y él la seguía de cerca. Caminaron y caminaron sin cesar, hasta que llegaron a un arroyo de aguas cristalinas, en el cual se reflejaba la vegetación, como si fuera un gran espejo. Emilie cansada decidió refrescarse en las mágicas aguas del arroyo, mientras Víctor se recostaba sobre la suave hierba.

        Cuando vio a Emilie en las orillas del arroyo, empezó a caminar silenciosamente y luego la apuñaló, la empujó al arroyo y huyó. Una pareja que vivía en la otra orilla vio el agua manchada con sangre y llamó a la policía.

        Mientras Víctor huía, comenzó a escuchar un sonido angelical que lo obligó a volver sin poder evitarlo. Al otro lado del arroyo, vio a Emilie junto a un arpa y una corriente de agua ensangrentada mojándole los pies

        Cuando la policía llegó al lugar, Víctor se sorprendió al ver que los oficiales no veían ni escuchaban nada... Comenzó a enloquecer y a desesperarse, confesó ante la policía y terminó internado en un manicomio.

        Sin embargo, los que se internan en el bosque siguen escuchando el apenado sonido de un arpa misteriosa…




“Archie Smith, niño maravilla” por Santiago Volpini


Una vocecita preguntó: -¿Es él?




        Yo soy un chico bastante tímido y no muy sociable por eso en mi colegio tengo un solo amigo, Jehan. Vamos a todos lados juntos.

           Yo no se lo debo contar a nadie pero se lo contaré a ustedes, Jehan ya lo sabe…yo tengo un poder extraordinario: telequinesia. Puedo controlar a los humanos desde su cerebro haciendo lo que a mí me parezca. Me juré nunca más usarlo después de lo que le hice a Eduard y sus amigos.

            Les cuento: fue un día de verano en el que había un sol radiante, estaba yendo para mi club, como lo hago todos los fines de semana. Me encontré con Eduard y sus amigos, dos o tres años mayores que yo. Traté de unirme a la charla pero ellos me rechazaron diciéndome “rarito, estúpido” y cosas por el estilo. Me burlaron durante un rato hasta que casi me hicieron llorar. Fue entonces cuando decidí usar mis poderes haciéndolos dormir y caer sobre la cálida pileta. Me fui corriendo hacia el vestuario, me lavé la cara, las manos y agarré la toalla, me sequé.

           Después de treinta minutos de reflexionar en el banco de la plaza del club, me fui para mi casa asustado. Decidí no contarles nada a mis padres y me fui directamente a mi cuarto, me acosté sobre la cama y me quedé dormido, no había comido.


           Al otro día me desperté y oí en el noticiero que en el club Finyol habían muerto ahogados cuatro chicos. Fui al colegio e hice un día normal como siempre. Desde que pasó eso nunca más volví a usar este poder extraordinario pero peligroso.

          Una noche en mi cuarto escuché unos ruidos como si estuviesen golpeando la pared. Me desperté, me di vuelta y dejaron de hacer ruido. Esforcé la vista y vi un resplandor, un brillo blanco. Me levanté de la cama y enseguida se apagó por completo quedando todo el pasillo oscuro. Esto pasó durante siete noches. La octava noche fue cuando sentí un golpe debajo de la cama, no le di importancia y detrás de la puerta escuché unos murmullos que decían:

       - ¿Es él?

        Yo, pensando que eran mis papás, grité:

        -¡Ya es tarde, vayan a dormir!

        No contestaron.

        Me levanté de la cama, fui hacia la puerta y vi una especie de dos esferas brillantes y luminosas. Me pegué tal susto que cerré la puerta de un portazo y la obstruí con objetos pesados. Después de lo ocurrido, llegaron mis padres y me gritaron detrás de la puerta que los dejara entrar ya que eran ellos. Yo les negué gritándoles.

       Hace ocho meses que estoy en este cuarto encerrado sin saber nada del mundo externo. Lo único que recuerdo son dos personas altas que me vinieron a buscar y me trajeron a este lugar…


"Capitán Tory" por Felipe Nicolini

Movió su farol tres veces y lentamente apareció la goleta.


Capitán Tory pasó toda su vida en la marina. Pasó por todos los puestos empezando por el de marinero. Un día llegó a ser capitán y tuvo a su cargo a la embarcación. Era querido y respetado, nadie se atrevía a contradecir una orden suya porque sabían que conocía mejor que nadie el barco y el mar.
Pasaron varios años hasta que tuvo que dejar su cargo por un problema en sus ojos, “Ni siquiera podrás ir nuevamente mar adentro”, le dijo el médico de su goleta. Tory estaba angustiado y se pasaba todos los días encerrado en su camarote esperando llegar al pueblo de Inglaterra donde debía desembarcar para siempre. Sabía que no podría vivir sin su barco, que la vida se le volvería extraña.
Por su problema en los ojos, tardó mucho tiempo en salir de su casa.
Muchos meses después Tory pudo ir al puerto del pueblo y ver nuevamente el mar. Era septiembre. Al ver esa imagen que le traía agradables recuerdos, decidió comprar la casa que estaba en la orilla. Al día siguiente la compró sin pensarlo demasiado.
Como no tenía mucho que hacer en el pueblo y no trabajaba, se había convertido en un gran cocinero. La cocina le hacía bien porque aquietaba sus recuerdos del mar.
Una noche después de una cena abundante decidió ir al puerto. Lavó los platos, buscó entre sus cosas el farol verde de querosén, prendió la mecha y toda la habitación se iluminó. Tory se fue al puerto. Mientras miraba el mar se acordó de sus años en la marina. “Cómo me pudo pasar esto a mí”, se preguntó y movió la cabeza; y al hacerlo también movió su farol tres veces y lentamente apareció la goleta. Una goleta que no pudo distinguir bien por sus problemas en los ojos. Se tiró para adelante, para acercarse un poco más y otra vez el farol se movió, pero esta vez la goleta desapareció. Como si fuese mágica.   
Él era un hombre racional y al otro día, a la misma hora, volvió y movió otra vez el farol y sucedió lo mismo: creyó ver la goleta que aparecía nuevamente. Pero no lo creyó. Al mismo tiempo ese barco le traía tantos recuerdos que olvidó todo lo razonable y se tiró de cabeza al agua. Al caer se escuchó un ruido fuerte como si hubiese caído de un puente al mar y la gente que caminaba de noche por ahí se preocupó y lo ayudó a salir. El capitán se fue desilusionado a su casa por un camino oscuro y se preguntó: “¿Será verdad que regresa mi goleta o solo es un sueño?”
Después de estar cinco días pensando lo mismo, una vez más volvió al muelle y nuevamente movió el farol tres veces y al volver a aparecer la goleta él bajó por una escalera que se encontraba cerca de ella.
Apoyó su farol con cuidado en el piso de madera que le traía tantos recuerdos, caminó hacia su camarote donde había dejado al partir una pequeña brújula de oro. Al verla, la tomó y siguió recorriendo el barco, pero de repente una ola chocó contra la goleta, su farol se movió y  la nave desapareció.
Otra vez, se encontraba en el muelle, mareado, confundido y con la vista borrosa. Comprendió que su imaginación y su melancolía lo habían engañado nuevamente.
Desilusionado, caminó hacia su casa. Cuando buscaba las llaves en el bolsillo de su chaqueta negra, algo lo sorprendió: junto con el llavero sacó algo más. Una brújula dorada brillaba en su mano. 

"El Arpa" por Nicolás Tiryakis

Así que era verdad, pensó, era realmente cierto.


      

            Me mudé hace poco a una cabaña cerca de un bosque para alejarme de la ciudad y vivir una vida más cerca de la naturaleza. Hay un río pequeño cerca de la cabaña que compré con los ahorros de toda la vida. Y de lo que me di cuenta al poco tiempo de llegar era de que había una música muy suave y tranquila que parecía venir de un arpa. Pero yo pensé: “Nadie vive aquí además de mí.” Así que comencé a asustarme, pero eso solo hizo que se agrandara mi curiosidad por averiguar.

           Unos días más tarde me acerqué al arroyo para ver quién producía el sonido pero cuando llegué dejó de sonar. Al darme vuelta para volver a mi cabaña, la música empezó una vez más. Me agarró una curiosidad enorme acerca de quién tocaba ese arpa. Me hizo pensar: “¿Será un fantasma? ¿Este bosque estará encantado?”

          Como no creo en esas cosas como los fantasmas, me di vuelta y me fui a mi cabaña nuevamente. Tuve una rica cena, miré un poco de tele y me fui a dormir. Soñé imágenes de mí yendo al bosque pero nunca dándome cuenta de cómo se producía la música del arpa y me desperté con la luz del sol entrando por la ventana. Tomé un cafecito y miré a mi puerta, me dieron ganas de volver al bosque de donde se escuchaba la música. Mis curiosidades se hicieron cada vez más grandes.

        Fui caminando, mirando el pasto y esperando que todo esto del arpa fuera una ilusión. Pero no, cuando me iba acercando, con cada paso, comenzó de nuevo la música. Así que se me ocurrió la idea de ocultarme en los arbustos para observar quién tocaba la música porque al parecer esta “persona” era muy tímida.

         Me alejé lo más posible a un arbusto y comencé a escuchar sonidos que venían desde el agua del arroyo y ahí vi la respuesta de mi pregunta. Salió una hermosa sirena y se puso a tocar el arpa, la misma música que estuve escuchando. Quise acercarme, tomé un paso y se rompió una rama. Ese sonido alteró a la sirena que entró en el agua más rápido que un parpadeo.

      Y así me dije, “Así que es verdad, es realmente cierto.”





 
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