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El chilludo de Guadalupe Aragonés y El Barboquejo de Ludmila Saubidet

Arte y Comunicación miércoles, 18 de noviembre de 2009 , , , ,

El chilludo




En el pueblo de Yagay nació un niño llamado Chillú. Al nacer, su madre murió y su padre, después de recibir la grave noticia, escapó. El niño pasó toda su infancia solo, buscando a su padre, soñando que volvería. Todas las mañanas se levantaba, iba al monte más alto del pueblo y gritaba su nombre esperando que lo escuchara. Así trascurrieron los años.

Trabajó en el campo sembrando y cuidando los animales con su patrón Pedro que lo maltrataba, lo dejaba sin comer y lo hacía trabajar hasta no poder más.

Los pájaros, acostumbrados a escuchar su grito, fueron acercándose cada vez en mayor cantidad.

Una mañana, al comenzar su trabajo apareció el patrón y lo hirió con su mirada y sus palabras. El muchacho no dijo nada y al terminar su tarea partió al monte con la idea de no volver jamás. Mientras caminaba, pensaba que había recibido más amor de los pájaros que de los seres humanos que había conocido desde que nació.

Cuando llegó a su destino gritó varias veces, como siempre, y después se recostó en el pasto mirando el sol que se ocultaba a lo lejos. A pesar de la hora los pájaros lo rodearon. El cansancio lo venció y en sus sueños vio que ya no era un hombre.

Al despertar, en medio de su soñolencia se miró y vio que ya no era el mismo. Su cuerpo se había cubierto de un hermoso, colorido y brillante plumaje como el de un pavo real.

Desde ese día se escucha al chilludo rondando por los montes de Yagay; grita para que su padre lo escuche, acompañado por los pájaros.

Guadalupe Aragonés

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El Barboquejo


Cuenta la leyenda que la mujer conocida como el Barboquejo se llamaba Bárbara.
Cuando era niña, era buena, divertida, generosa, confiable y bellísima. En la adolescencia se puso tan linda que de pueblos vecinos viajaban a conocerla. Si bien esto daba cierto orgullo a sus padres, a la mamá siempre le había dado miedo el modo en el que Bárbara se miraba al espejo. El papá coincidía en que no había que darle tanta importancia a la belleza, pero lo del espejo le parecía una exageración. Sin embargo, la mamá insistía, no era sólo mirarse, le decía que la viera contemplarse, pasaba algo raro. Aunque el papá la miró varias veces frente al espejo, no notó nada fuera de lo común.
A medida que crecía, Bárbara se volvía cada vez más bella, así como pasaba cada vez más tiempo frente al espejo. Pero ya no disfrutaba mirándose, estallaba en gritos y llantos cuando no la satisfacía del todo lo que veía. Las crisis eran cada vez peores, provocadas por la falta de brillo de su cabello, el aumento de medio centímetro de cintura, o un vello más en la ceja… todo era un problema.
Se fue transformando en una adolescente antipática, gruñona, despectiva. No era sencillamente frívola, parecía loca. Ponía espejos por todas partes, iba al gimnasio todos los días, tomaba sol a primera y a última hora para lograr el tono de piel ideal y garantizar no arrugarse de más en el futuro, pero lo que más la obsesionaba era estar perfectamente depilada.
Cuando sus amigas la visitaban, hablaba sin mirarlas, porque no podía desviar la vista de su reflejo en el espejo. De a poco, las amigas se aburrieron y dejaron de ir.
-Sólo podemos mirarla y decirle lo linda que es –le explicó a la mamá una amiga cuando le preguntó por qué ya no visitaba a Bárbara.
-O criticar a otras, decirle cuánto más linda es ella que las demás –agregó otra.
La madre intentó advertir a Bárbara que sería castigada si seguía así. Pero ella no la escuchaba.
De a poco, las demás chicas también dejaron de invitarla. Pero a Bárbara le pasó inadvertido. Ella estaba todo el tiempo posible posando frente al espejo, haciendo gimnasia frente al espejo, tomando sol mirando su reflejo en el agua de la pileta o trabajando arduamente con la pinza de depilar.
Los sermones de sus padres sobre la belleza interior le provocaban carcajadas, como si le hubieran contado un buen chiste. Ellos todavía querían ayudarla, recordaban perfectamente aquella niñita amorosa que su hija había sido hacía tan poco tiempo, y estaban seguros de que podían hacerla volver.
Basados en cuánto le gustaban a Bárbara las fiestas, convencieron a una compañera del gimnasio de que la invitara a una, creían que reírse, disfrutar con otros le recordaría lo verdaderamente importante. Y una fiesta era algo que Bárbara iba a aceptar, era una ocasión para la cual embellecerse, maquillarse, comprarse ropa, prepararse como a ella le gustaba.
Llegado el día, Bárbara eligió qué ponerse, se lavó el pelo y empezó a preparar su peinado varias horas antes. Cuando estaba terminando de maquillarse vio un vello en su bozo. Se había depilado el día anterior, y éste salía justo para la fiesta. Tomó una pinza y empezó a tratar de sacarlo, pero era tan chiquito que no lograba agarrarlo. Se pellizcó la piel varias veces, dejándose marcas. Gritaba, aullaba, parecía poseída frente al descubrimiento de aquel vello.
Alertada por los alaridos, la mamá llegó corriendo. Bárbara le explicó pero la madre no entendía. La miraba y no veía nada. La hija se miraba en el pequeño espejo con aumento y no podía controlar su desesperación. Las lágrimas le corrieron el maquillaje. Ahora sí, estaba cada vez más fea.
Cuando se tranquilizó un poco, Bárbara miró su espejo con aumento y vio a una hermosa mujer, como un ángel, mirándola. Esta mujer tenía el pelo dorado y apenas ondulado, ojos miel que expresaban serenidad y una boca delicada pero sensual. También una piel tan perfecta que daban ganas de tocarla. La mujer habló así:
-Bárbara, yo soy la diosa Shajíra. Y vengo a contarte algo.
-¿Qué? – preguntó Bárbara asustada pero sin resistir mirarse cada tanto al espejo.
La diosa, desde el pequeño espejo, la hizo mirarse en el otro y dijo:
-Los dioses hemos decidido castigarte: ahora sí sólo vas a ver tu imagen interna en los espejos. Ésta es tu visión de la realidad, ésta será.
Dicho esto, Bárbara vio su imagen transformarse velozmente. Por toda la cara le nacieron pelos tan largos que tocaban el suelo, y encima eran opacos, crespos, erizados.
Buscó a Shajíra en el espejo, pero su imagen se había esfumado. Corrió desesperada a buscar una tijera, pero por cada pelo de su nueva barba que cortaba, crecían diez más.
Cuando entró la madre sobresaltada por sus llantos y quejidos, vio a Bárbara llorando en el piso, frente al espejo, con una tijera en la mano, dando manotazos al aire, cera para depilar esparcida y muchas herramientas que evidentemente su hija había utilizado para intentar sacarse los pelos de la cara.
Cuentan que Bárbara nunca más salió de su dormitorio. Durante los siguientes sesenta años sólo se dejó ver por su madre, que nunca entendió qué había pasado, pero siguió cuidando a su hija.
El padre falleció sin volver a verla. A veces, la extrañaba tanto que se paraba contra la puerta de su dormitorio a escuchar sus quejidos.
Al morir la madre, algunos amigos del barrio, testigos de la vida de esta buena mujer cuidando a su hija encerrada toda la vida, armaron un sistema de turnos para ingresar a la casa y dejar en la cocina lo necesario para que Bárbara pudiese alimentarse.
Ella apenas abría las persianas por la mañana y las cerraba al atardecer. Desde la calle se olía lo que cocinaba. Cada tanto alguien intentaba entablar algún diálogo con ella desde la vereda, pero jamás contestaba. El único sonido que salía de la casa era el de sus quejidos.
Los vecinos gritaban anunciando su ingreso, ella se encerraba en su dormitorio, el voluntario de turno le dejaba comida y se iba.
Los rumores hicieron llegar a los oídos de las nuevas generaciones el cuento de aquella noche en que a Bárbara le creció la barba. Los chicos empezaron a llamarla el Barboquejo: Bárbara, la de las quejas y la barba. Algunos intentaron entrar durante la noche para verla, pero ninguno lo logró nunca.
Un día no se la escuchó más. Los vecinos entraron despacito, anunciando su llegada, pero al no obtener respuesta, llegaron hasta su dormitorio. Y se encontraron una bellísima mujer, ya muy mayor, dormida en su cama, rodeada de espejos.

Ludmila Saubidet

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