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Relatos policiales

Arte y Comunicación martes, 16 de agosto de 2011 , , , ,
Luego de una serie de clases sobre el género policial, chicos y chicas de 2do A y B vivenciaron un taller de carácter lúdico: se encontraron con diferentes objetos que representaban las pistas de un caso sin resolver. A partir de esto realizaron pequeños argumentos que luego desarrollaron para crear los siguientes cuentos.



                                                    La incógnita de Sol Van Kaul

El trabajo en la oficina era siempre igual. Los mismos problemas, el papelerío, el aburrimiento que nos aturdía. Hace veinte años que trabajaba en Kmetko’s Inc, era una empresa de seguros. Todos nos conocíamos desde siempre, el gordo López, el vago de “el Facha”, el soberbio de Margulis y todos los demás. Sinceramente mi vida era bastante aburrida, solterón y estancado en un mismo lugar. Una mañana llegué al trabajo y todos estaban revolucionados. Me acerqué, había una chica hablando con el señor Kmetko, mi jefe, hacía 2 años que no contrataban a una mujer. Siempre que las contrataban a las pocas semanas de haber empezado desaparecían y siempre las excusas eran las mismas: renunciaban, se mudaban, las echaban, etc. Pero solamente recibíamos las noticias del jefe y nunca volvíamos a escuchar de ellas. 

Todos estaban desesperados, cuando llegué a ver, era una chica de 30 o 32 años, tenía una cara angelical, un pelo oscuro y unos ojos penetrantes. Era perfecta, me había atrapado igual que a los otros empleados. Cuando salió, el jefe nos gritó que volviéramos a nuestro trabajo. Salimos corriendo a nuestros puestos, el jefe era un hombre recto y respetado, nunca se le cuestionaba nada. El Sr. Kmetko le mostró a ella donde iba a trabajar, al lado mío. Se sentó y callada comenzó a ordenar su escritorio. El gordo Lopez estaba desesperado, durante la primera semana no paró de intentar conquistarla, pero ella no hablaba con nadie, siempre se quedaba hasta tarde trabajando y su expresión no cambiaba. Un día antes de irme a mi casa fui al cuarto de la fotocopiadora y ahí estaba ella. Debo admitir que no sabía su nombre. Amistosamente comencé una conversación, me contestaba cortante pero contestaba. Cuando intentó salir, la puerta se cerró y se rompió el picaporte. Comenzamos a llamar para que nos abrieran pero éramos los últimos en la oficina. Nos quedamos toda la noche ahí y finalmente pudimos entablar una conversación real, era mucho más simpática de lo que parecía. 

Averigué que se llamaba Sofía, que había nacido en Pergamino, que había conocido este trabajo de casualidad porque recién había llegado. Dormimos y a la mañana siguiente nos despertamos con los golpes que estaban haciendo para tirar la puerta abajo. Cuando salimos estaba el Sr. Kmetko que nos hizo pasar a su oficina. Le explicamos lo sucedido y nos dejó tomarnos el día libre. Sofía se fue pero me hizo quedarme. Se sentó, me miró y me dijo “ella es mía”. Todo eso bastó para que me fuera mudo, nunca lo había visto así. Me fui a mi casa pero mi mente seguía pensando en lo que había ocurrido a la noche con Sofía y con el Sr. Kmetko. Decidí hablar con ella al día siguiente. Cuando llegué, no estaba. Le pregunté a la portera y me dijo que no la había visto y para colmo mi jefe tampoco estaba, eso terminó de desconcertarme. Decidí hacer algo. 

Al día siguiente Kmetko y Sofía habían ido al trabajo. Comencé a seguirlo para descubrir qué estaba planeando. Cuando estaban saliendo los dos, noté que Sofía tenía puesto un anillo de oro. Lo seguí hasta su auto, no había rastros de ella, pero al subir se le cayó un papel. Cuando el auto desapareció, agarré el papel: era la factura de la compra de un anillo, me lo guardé. Todos los días se la veía con más joyas y desde aquel día en la fotocopiadora no habíamos hablado. Era hora de que hiciera algo, entonces cuando ella salió la seguí para encararla pero para mi sorpresa se subió al auto de el jefe. Ya no había nada más que pudiera hacer, no se podía competir con un hombre como Kmetko, me había ganado. Tuve que ir refunfuñando al trabajo al día siguiente y como era de esperar Sofía había desaparecido. Otra vez el maldito Kmetko me ganó de mano, otra vez la sonrisa de Sofía debía estar bajo su jardín enterrada a metros de la superficie, ahora tendré que esperar por lo menos dos años más.

Casi perfecto de Tomás Rodríguez

   El señor Ranquele era  un criminal, pero no como cualquiera. Era inteligente, siniestro, no llamaba la atención y no se lo veía mucho por las calles. En sus antecedentes fue acusado de violaciones, robos, asesinatos, etc. Hoy, ése iba a ser el desafío del detective Traverso, que disfrutaba de su vida resolviendo crímenes, registrando detalle por detalle lo sucedido para luego entrar en acción lo antes posible.
   El día anterior por la tarde hubo un secuestro en el 1468 de Coronel Díaz entre Paraguay y Soler. Una mujer de 19 años, la señorita Suárez fue secuestrada entre las cinco y las seis de la tarde por lo que logramos sacar de una señora que pudo ver el acontecimiento desde el balcón de su casa. Según ella, el secuestrador venía encapuchado, estaba vestido de negro, tenía un revólver y por lo que vio dicha mujer, la tomó y la durmió con formol justo antes de que ella entrara a su casa. Luego, este huyó en dirección hacia Soler. Lo extraño del caso es que el policía de la esquina lo dejó pasar como si estuviera completamente desconcertado.
   En la escena del crimen, la policía no pudo lograr mucho. Pero en la entrada de la casa de la señorita Suárez, Traverso descubrió que se encontraba una carta destinada a ella por un emisor anónimo que decía:
“ Ya descubrimos tu trampa así que hoy vení al boliche”
   Al leer esto, Traverso le tocó el timbre al departamento de la chica y en el interrogatorio, le preguntó a sus padres si su hija había tenido acuerdos con matones. Estos le dijeron que estos días ella había estado muy extraña. No salía con sus amigas y volvía muy tarde a casa. Les preguntamos si sabían con exactitud alguna dirección o algo y el padre asintió con la cabeza. Nos contó que un día cuando llevaba para su casa a su suegra le pareció ver a su hija saliendo de un boliche en la calle Gallo.
   A la noche del día siguiente, el padre de la chica nos llevó al dicho lugar donde había visto a su hija anteriormente. Parecía que se había largado a llover, cosa rara ya que estuvo soleado todo el día. Así que, Traverso y yo sacamos nuestro paraguas.
   Nos metimos entre la gente buscándola por un largo rato hasta que el padre nos pudo señalar que detrás de una ventana le pareció ver el rostro de su hija.
   La puerta estaba semi-abierta y pudimos escuchar una conversación entre una mujer y un hombre. El señor que estaba a mi lado se puso a llorar de la alegría. Reconoció la voz de su hija y la voz masculina se me hacía familiar lamentablemente, eché un ojo por la cerradura y era el loco de Ranquele custodiado por dos hombres. Hubo unos minutos de silencio hasta que se escucharon unos tiros. Miré de nuevo desesperadamente por la cerradura y estaba muerta en el suelo. Le hice el gesto a su padre que reaccionó de forma desesperada y me quitó mi revólver dándole una patada a la puerta.
   Entramos con Traverso también desesperadamente y cuando los dos guardaespaldas iban a sacar sus armas, Ranquele los calmó y les dijo que estuvieran tranquilos.
-     A ver señor, si quiere dispare, no me arrepiento de haber matado a su hija porque nos traicionó. Le advierto de todas maneras que si dispara, morirá usted, no yo.
   El padre de la ya muerta chica, no resistió a la furia y apenas tiró del gatillo, se prendió fuego toda su ropa. Al verlo, los dos guardaespaldas se nos tiraron encima mientras que el sinvergüenza de Ranquele escapó por la puerta de atrás.
   Apenas terminó la lucha, Traverso examinó por unos minutos al ya fallecido hombre.    Según él, su ropa no estaba mojada por lluvia , sino que era alcohol.
-     ¿Pero entonces por qué no nos quemamos nosotros tambien?
-     Porque nosotros usamos el paraguas. No nos cayó el alcohol encima. Evidentemente, nos quiso hacer creer que era lluvia, él quería que vinieramos.
-     Pero… ¿Por qué?
-     Porque mientras más gente acumule en es boliche, con sólo apretar un gatillo o prender un fósforo, va a matar a cientos de personas. El problema es …. cuándo piensa hacerlo.
    Nos pusimos a registrar cada rincón hasta que vimos a Ranquele salir por una puerta que bajaba por una escalera. Antes de bajar, mi compañero me advirtió.
-     Hay que ser cuidadosos, no sabemos que trucos tiene este Ranquele.
  Bajamos por la escalera y apenas salimos a la calle perseguimos al criminal por toda la calle Gallo hasta que llegamos a Santa Fe donde éste pasó el semáforo en rojo y sufrió u choque tremendo contra otro auto que venía por la avenida. Ranquele estaba gravemente herido, parecía todo caso cerrado hasta que apareció un interruptor en su mano y lo encendió, de tal manera que supuse lo peor.
  Yo estaba tremendamente desesperado por nuestro fracaso. Sin embargo, mi compañero sorprendentemente estaba tranquilo.
   Al poco tiempo, a causa de las heridas, Ranquele murió. Volvimos al boliche y todo estaba normal, como si nada hubiera pasado. Mi compañero con una sonrisa me agarró del hombro y me dijo.
- Sé que tenes muchas preguntas pero dejame explicarte. Cuando nos pusimos a buscar a nuestro ya fallecido criminal, subí por una puerta que se dirigía a la terraza. Fue ahí donde encontré unas duchas que tiraban alcohol así que las apagué y luego lo cambié por agua. De esta forma no hubo incendio.
- ¿Pero cómo supo usted si no quedaba algún otro cómplice dando vueltas por ahí?
   - Para eso estaba la señorita Suárez, chica que conocí hace un par de semanas. Yo personalmente le pedí que justo esta noche me ayudara con esta tarea y mandar a Ranquele a la justicia de una vez por todas infiltrándose en sus planes. Evidentemente, no salió todo de acuerdo al plan ya que la descubrieron. Pero estuvimos a punto de lograr el plan perfecto.

 
Barberos de Juliana Agrofoglio

         Yo vivía en un pueblo pequeño llamado Seabrooke. La mayoría éramos hombres, aunque nunca entendí muy bien el porqué. Algunos decían que era porque la mayoría de los trabajos que había requerían de fuerza, como fábricas o minas. Trabajos que las mujeres no estaban físicamente capacitadas para hacer. Por lo tanto, las que no estaban casadas se retiraban al próximo pueblo donde sí había trabajo para ellas. A mí nunca me pareció que esa era la razón ya que en Seabrooke había dos peluquerías: la de Don Ramón y la del reservado Juan. Aunque se hacían llamar peluquerías funcionaban más como barberías, por el hecho que acabo de mencionar. Estas dos peluquerías estaban atendidas por hombres. Yo siempre pensé quesería mas inteligente poner a una mujer al mando, pero en cuanto le solté mi idea a Don Ramón, enseguida puso cara de pocos amigos y dijo que ese también era un trabajo que requería fuerza y valentía. Nunca lo entendí y creo que nunca podré entenderlo del todo. Pero Don Ramón siempre había sido un hombre autoritario. De esas personas que no aceptan las ideas ni el éxito del otro con facilidad. Por esto no quise seguir con el tema.
         Un día llegó al pueblo un colectivo con mujeres que venían a acampar. Como ya mencioné, Seabrooke es un pueblo chico, así que las noticias viajaban más rápido que una pluma en un tornado. Así todo el pueblo fue a esperar al colectivo a la estación, si es que se lo podía llamar así a un cuadrado de cemento con números del uno al cinco. Cuando bajaron, los habitantes se sorprendieron de la belleza de algunas, sobre todo la de una: María.
         Por supuesto que con la llegada de este colectivo se desenvolvieron distintas historias de amor, pero todas duraron menos que un suspiro. Salvo una, la de el reservado peluquero Juan y María. Ella era una chica muy volátil, poco provisoria, parecía que la ropa le molestaba, ya que siempre usaba el mínimo posible. Creo que olvidé mencionar que al peluquero Don Ramón le iba mejor en su negocio que a Juan. Aunque a partir de su relación con la bella dama, su clientela comenzó a subir. Con su ingenuidad Juan pensaba que era por su talento, pero las y los chismosos decían que era solo para ver las transparentes y faltantes prendas de la mujer.
         Una noche, un joven hizo una fiesta en la plaza del pueblo. Fue un gran evento y todo Seabrooke asistió. Estaba repleto de bebidas y todo tipo de aperitivos, el ambiente era alegre y lujurioso. El reservado peluquero, Juan, decidió retirarse. Sin embargo, María se quedó unos minutos más disfrutando.
         Al llegar el día siguiente, Juan se dio cuenta de que María no había regresado a su casa como le había prometido. Se levantó y siguió su rutinaria mañana, incapaz de romperla pese a su preocupación por la ausencia. Prepara el café con dos cucharadas de azúcar, tostadas con manteca y se baña. Luego de su desayuno, decidió comenzar la búsqueda. Pero en el instante en que se colocó su último zapato, entró María despreocupada, pidiendo perdón, que se le había hecho tarde y enseguida se ensobró en la cama. Estas ausencias se siguieron repitiendo, aunque parecía que siempre era una llegada tarde distinta.
         Obviamente, como dije antes, esta noticia se corrió demasiado rápido por el pequeño pueblo, así como también la desgracia. Yo me enteré por la viuda de Carmín, mientras le contaba a un vecino. En una de las tantas ausencias, María no había aparecido. No apareció y no aparece decía la viuda. Pronto los chismes comenzaron a crecer con la poca preocupación del muy reservado Juan. Yo no creo que el no estuviera preocupado, pero era un hombre introvertido y le costaba mostrar sus sentimientos. En el pueblo los bandos eran cada vez más notorios: los que estaban a favor de que María había decidido irse del pueblo con sus tantos retrasos y los que estaban a favor de que el reservado Juan se reservaba para él mismo el asesinato de su propia novia.
-Y viste nunca se sabe con estos barberos, siempre afilando navajas y lustrándolas, se decían por ahí.
Cuando comenzaron estos temores, la clientela, del barbero Juan, comenzó a descender demasiado. Algunos dejaban de ir por miedo y otros por no querer ser mal vistos.
         A Don Ramón no creo que le importara el asunto ya que su peluquería estaba en el mejor momento y hasta parecía que aprovechaba el rumor para ascender su fama. Nunca me pareció bien, pero como dije antes, Don Ramón siempre fue un hombre autoritario y además siempre le tuve un poco de miedo. No sé porqué pero tenía algo en su mirada que causaba escalofríos. De todas formas yo necesitaba un corte de pelo y no tuve el valor para ir a la peluquería de Juan.
         Fui con Don Ramón al día siguiente, la puerta estaba abierta pero no había nadie adentro. De todas formas entré. En la parte trasera había movimiento. Pronuncié el nombre del peluquero con cuidado por miedo de que se enojara por mi intromisión. Sin embargo pareció no escucharme y murmuro algo de una mancha. Debería estar limpiando algo, así que entré en la habitación. Estaba él lavando frenéticamente una remera. Parecía manchada con algo rojo oscuro. Por un momento pensé que podría ser sangre, pero la idea era demasiado perturbadora como para creérmela. Sin embargo en el momento siguiente me encontré con la mirada escalofriante penetrando mis ojos. En ese momento supe que mis ideas no eran tan erróneas. Parecía nervioso, aunque asustado por la idea de que yo haya descubierto su pequeño secreto. Masculló palabras imposibles de entender, pero supe que estaba tratando de excusarse del delito que había cometido. Luego de darse cuenta que yo no creía en lo que había murmurado, me dijo claro y fuerte con su mirada penetrante: “Te dije que era un trabajo que requería fuerza y valentía”.


Cuento sin título de María Palazzolo


Pasaban las horas y los minutos, los relojes giraban y giraban, pero ninguna respuesta aún. Yo nunca esperé tanto tiempo una respuesta tan inútil. Yo, el policía y Alejandro, sentados en ese sofá. Entró la jueza, susurró unas simples palabras  y ahí fue cuando lo señaló. 

Hace unos años atrás trabajaba como detective. Me jubilé simplemente porque no soportaba ver tanta injusticia en persona. O esa fue una de las pocas razones ya era la tercera vez que apresaban a un inocente con tal de uno trabajar, encarcelaban a cualquiera. El fin siempre fue acallar a los medios en y de hacer justicia.

Todo ocurrió con un caso. “Se encontró una joven mujer asesinada, en la gran plaza central.” Titulaba en los diarios. Tenía algunos testigos, como la vecina Juana, una gran señora que juró que el asesino era varón. El cartero que también logró ver lo mismo, y agregó que la víctima era una mujer muy bella, prolija, arreglada. Y obviamente contaba con la información que yo había recaudado, algo que los demás detectives no tuvieron en cuenta.

 Era una mujer muy bella, presionada, infiel, ingeniosa, mentirosa y muchas otras cosas más. También poseía un par de objetos que cayeron de la cartera de esta joven. Un espejo pequeño, partido en pedazos, varios boletos de tren y de subte, un libro firmado por alguien muy enamorado de ella, un tal Alejandro. “Estaban casados” fue a la conclusión que llegaron los demás detectives al ver que ella poseía un anillo que en el dorso decía  para siempre, Alejandro. Estos supuestos detectives pensaron que, fueron que por desenamorarse o por la distracción hacia  algún amante, pasó lo que pasó: bronca, tristeza y  mentiras, llegaron al asesinato. Por lo tanto se buscó a este Alejandro, con las pistas de los boletos que informaban algunas direcciones de donde había estado. Y así lograron encontrar la dirección exacta de donde vivían. Subieron y no encontraron nada allí.

Por todo esto, el caso quedó cerrado y todos muy conformes. Claro. Excepto yo. ¿Cómo podían ser tan inútiles de culpar a alguien que no se le hubiera pasado ni por la cabeza matar a alguien tan querida, cercana, única? El error más grave fue confiar en personas solo por tener título de detective, y haber “resuelto” otros casos.  Pero logré comprobar lo que hace mucho tiempo quise descubrir, lo fácil que es salir de casos así. Y eso que la había matado en la plaza central, puro centro, había muchas personas, pero no, hasta lo más visible… y no solo eso, sino que nadie desconfía de lo dicho.
Con alguna esperanza de cambiar esto y ver sus caras sorprendidas, me entregué.

Cuento sin  título de  Mariel Merensztein

Ellos me cansaban. No era que mi trabajo no me gustara, no. En realidad era mi forma de ganarme la vida, y con eso alcanzaba para que el trabajo fuera a mi gusto. Pero ellos me irritaban muchísimo. Llegaban y me planteaban las cosas como si fuera su psicólogo o algo así. Y a mi no me interesaba el conflicto ni el porqué. Yo solo necesitaba el nombre y la dirección de la persona, iba, lo mataba, me pagaban, y mi trabajo estaba hecho. 

Pero ese día fue diferente. Mi trabajo era difícil. Era nuevo. El hombre llegó a las 11 AM. Yo estaba fumando un habano recostado en mi silla. Él simplemente me miró y fue tan directo como nadie nunca lo había sido conmigo en todos mis años de oficio. Me mostró la foto y me dijo: matala. Y ésta vez la situación  me forzó a que le preguntase qué había hecho esa persona para merecer morir.  Me engañó, me dijo él. Matala, repitió. Atravesó la puerta y me dijo:"De la plata hablamos después, mi número está ahí". Se fue, y vi. la mesa. Tenía cuatro cosas nuevas. Su número con su dirección, una foto y el lugar para encontrar a la persona que debía matar.Yo en mi vida no tengo más que mi trabajo. Mi trabajo y ella. Ella lo era todo, mi felicidad, mi sufrimiento, mis malas y mis buenas.. ella era mi vida entera. Y esta vez me tocaba perderla. El mayor desafío de mi vida se me había presentado sin pronto aviso, y la decisión estaba definida.

Ese mismo día, a la noche, mientras estaba recostado mirando el techo de la habitación, el teléfono sonó. Un segundo antes de atender estaba seguro, era ella. Hablamos un rato y le dije que estaba cansado, y que me iba a dormir. Ella me dijo lo mismo, y me avisó que me llamaría al día siguiente a las 12 del mediodía. Cuando corté me quedé pensando.  

Al día siguiente me levanté. No tuve que pensarlo mucho. Miré al costado de mi cama con desilusión y vi su retrato sobre mi mesa de luz. Lo tiré con una almohada y me levanté. Los cristales estaban esparcidos por gran parte del piso de la habitación. No miré, yo ya había tomado una decisión y no podía perder tiempo. Salí por la puerta y fui al garaje. Me subí a mi Citroen y en un instante ya estaba en la calle manejando. Entonces ella se me cruzó por la mente. En todos lados aparecía, hasta en mis pensamientos. Fui deslizándome sobre el volante hasta que el imponente sonido de unas bocinas me alejaron de mis pensamientos obligándome a meterme en la realidad. Seguí manejando. Quince minutos después llegué. Era la puerta de su oficina. Me bajé del auto y lo cerré con desprecio. Entré sin mirar atrás y subí las escaleras principales. Le pregunté a alguien en la recepción dónde estaba su oficina. Señaló para el frente, y allí me dirigí.

Entonces ahí estaba, trabajando en su escritorio con papeles que se veían desparramados. Miré. Entonces sin pensarlo dos veces saqué el arma y disparé. Directo en la frente. Y me quedé mirando por unos segundos. A mí siempre me gustó que me pagaran por anticipado. De repente mi celular empezó a sonar. Miré el reloj, eran las 12 en punto. Atendí y le dije: Mi amor, tenemos que hablar.





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